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#Cuento: "¡Transfórmense y avancen!" por Daniel Heredia

11:21





¡Transfórmense y avancen!

El disparo rompió el cristal de la siesta. Un leve quejido de perro fue la respuesta lejana. Pero no había sangre, era imposible que la hubiera. Y ahora que lo pienso en la distancia, creo que aquél estallido despertó a don Toto, lo cual, seguramente, significaría un par de insultos sin anestesia para cualquiera que intentara cruzar por su vereda, vereda que tenía una extraña fascinación para los más valientes e intrépidos de nosotros. Pero eso es harina de un costal de otro cuento.
Decía que aquél disparo rompió el monotónico tedio de la siesta.
¡Pam, pam!
El laser lastimó una de mis partes principales de transformación. Estaba impedido de lograr el cambio, y él lo sabía muy bien. Por eso no dejó de esbozar una sonrisa de satisfacción que me llevó a responderle inmediatamente con un disparo aun más estruendoso. Yo también era una amenaza.
“¡Tsíu, Tsíu!”
–¡Te di, te di en el brazo cuando lo asomaste para disparar!, grité ahogada en victoria la voz.
Una de las reglas del desafío es avisarle al otro que ha sido herido, pues muchas veces ni se enteraba. Y eso fue lo que pasó: Optimus parecía no percatarse de que mi rayo laser había atravesado su brazo impidiéndole transformarse y salir huyendo igual que yo. Ojo por ojo y brazo por brazo, pensé ensoberbecido por haber dado en el blanco.
Desde que supe que yo era Megatrón, el líder de los Decepticons, y robot que se trasforma en pistola, me llevé, debo confesarlo, una terrible desilusión. No iba ni para atrás ni para adelante. ¿Quién carajo se tranforma en una pistola y tiene independencia? Necesitaba de alguien que me empuñara, y eso era más difícil que sacarle una sonrisa a don Toto. Por eso mismo me escondía y disparaba como loco mi laser “Tsíu, Tsíu”, algo que se sumaba a mi frustración porque no tiene el impacto sonoro que un “Pam, Pam” o un “Pum, Pum”. Era mi disparo un disparo con silenciador desde un robot que ni volaba ni andaba. ¿Cómo quieren que no me sintiera desesperado por la situación? Un desastre. Y para colmo de males, Optimus me contestó:
–“¡No me tocaste nada, maldito! ¡Nunca podrás contra Optimus Prime y sus Autobots!”, gritó el Coco haciendo un esfuerzo por sonar masculino y grande, pero con un tono de voz muy similar al de Heidi.
No le hice caso a su absurda afrenta, pues sabía que a pesar de mis limitaciones, los Decepticons estábamos destinados a triunfar. O al menos convertir en chatarra a algunos de los Autobots, hasta que mi mamá me llamara a tomar el mate cocido.
Del lado Decepticon eramos tres, porque a Miguelito la madre no lo dejó salir a jugar porque “pegaba mucho el sol”. Los Autobots eran cuatro, nos llevaban ventaja. A ellos se había sumado el primo del Coco, que lo visitaba de Río Segundo. A decir verdad, el primo no significaba desafío alguno: era tuerto y le pifiaba cada vez que disparaba. Aunque estuviera a un metro de distancia, nunca le aceptábamos un disparo. Varias veces se fue llorando por ese motivo, pero a nosotros los Decepticons no nos importaba. Éramos demasiado malos.
El Coco era Optimus Prime. Siempre elegía ser el líder de los buenos o los fuertes de los más malos de los malos. Como ya era corriente y lo sabíamos, el resto tan sólo teníamos que contentarnos en repartirnos los demás personajes, personajes que ni nos acordábamos los nombres. Uno era la Ambulancia, otro el Camión de Bomberos y alguno el Cassette Decepticon.
La cuestión es que mi  disparo (más similar a un flato que a un cañón laser, es cierto), había hecho mella en el brazo de Optimus, y el muy bastardo se negaba a aceptarlo. Por eso dejé mi rol de Megatrón y con furia en los ojos me acerqué y le dije:
–“¡Siempre lo mismo vos, cada vez que te disparo te hacés el que no te doy! ¡La próxima vez, te tiro con uno de los ladrillos del baldío así te dejás de mentir!”
Me aflojó dos dientes de una piña y me convenció de que no le había acertado. Eso es lo que tienen los Autobots: argumentos innegables de su misión por defender la tierra.

Daniel Heredia, Papageno




1 comentarios:

Leonardo Ayén Vera Figueroa dijo...

Me hizo acordar a esa hermosa época en que solo era necesario un poco de imaginación y un puñado de ruidos extraños para ser feliz! Excelente dani

 
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